miércoles, 19 de febrero de 2014

Me hallo de nuevo frente a una pantalla. Una pantalla inanimada, sin vida, incapaz de ser o sentir. Es irónico que acuda en su busca, irónico que desee tener tiempo que dedicar en ella. Es sólo una pantalla.

El teclado, parte fundamental en mi vida. Lo prefiero a la incomodidad de la pluma pero jamás llegará a igualar el olor de la tinta fresca.  El teclado, el que recibe cada letra de mi ser, cada conexión intensa de mi neurona, el que trasmite aquello que vislumbro saber. El teclado, no es más que otro ser inanimado que atrapa mis manos una y otra vez.

Aquí me hallo. Perdida, desorientada. Las palabras salen sin orden ni sentido. Tan sólo necesito que fluyan fuera de mi ser. Martillean mi cerebro. Incesantes. Implacables. Maldito el día que encontraron la forma de salir de su prisión. Ahora soy una adicta que busca su adicción. Tengo necesidad de ella.

A veces no es suficiente. No soy sobresaliente en esto, tampoco es que procure serlo. A veces mil palabras se atascan a mitad del camino y sólo observo el parpadeo de el cursor. Me recuerda el fracaso, me frustra.

Ya no se qué soy. Tampoco se qué dejo de ser. No veo nada en mí que me recuerde lo que fui. No veo nada en mi que me recuerde a esas palabras que antaño escribí. No veo nada que refleje que fui yo. Que es mi droga. Que es mi adicción.

Sólo me encuentro ante la misma pantalla que me ha visto reír. Que me ha visto llorar. La misma pantalla que sabe cuanto sufrí. Irónico que este papel de consejera, de liberación, lo realice algo que jamas será capaz de abrazar.

Si, abrazar, necesito esos abrazos. Y sabéis qué? Cuando verdaderamente los necesitas nadie te los da.

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