viernes, 1 de noviembre de 2013

Y sigo aquí

Hay días que no sé que hago aquí. Me despierto siendo alguien que no soy. Me mueve un robot. Camino, respiro, miro, soy un autómata. Días en los que me puedo ver desde arriba, puede ser el espectador en frente de la película. Juzgándome, criticándome, reflexionando sobre el qué, el cómo y el por qué de mi persona. Huyendo de la realidad a un sitio donde me siento cobijada. Un sitio donde la realidad no me alcanza, un sitio que conozco mejor que la palma de mi mano. Mi mente me atrapa.

Me veo despertando. Somnolienta avanzando hasta la hora donde me marcho hasta el sitio donde me enseñan. Me enseñan y no educan. El sitio que antaño me hubiera fascinado. Allí las horas a veces son clavos muertos, avanzan lento, otras veces son todo lo contrario, plumas bailarinas flotando, avanzan volando. Y aunque no es el sitio esperado, me sigue fascinando, aprender nunca está de más. Ilusionarse por saber más es parte de mi día a día. Si, es cierto que desearía otro tipo de cosas, otro estilo, otra forma de trasmitir el saber. Pero no se puede ser quisquilloso, seguir adelante con lo que el mundo te ofrece y dar lo máximo de ti.

Luego me veo conversando banalmente durante la comida. Conviviendo con lo que llaman familia, aunque para la mayoría soy un extraño. Un alien disfrazado con sus mismos mantos. Fingiendo risas y sonrisas, intentado agradar a los demás y no ser una carga. Tratando de ser barata, de no ser rácana, de no gruñir, de no gritar, de ayudar. Son demasiados apartados en la lista. Y siento defraudar, pero me son imposibles de alcanzar. No soy perfecta.

La tarde avanza, la mayoría de las veces monótona, intentado ser constante en los estudios. Disfrutando de meros placeres como la lectura, la música o el simple observar las cosas. Intentado descifrar las claves de este universo, los códigos secretos, el tacto de los sentimientos. Intento comprender la forma en el que violinista acaricia su violín mientras toca, el por qué de las sonrisas tras los besos, el olor de un libro nuevo, la oscuridad de la noche, la risa, el llanto, el simple respirar. Pero mis dudas no consiguen ser resueltas, por eso, tras un día siendo espectadora vuelvo a la marcha. Vuelvo a pensar, a buscar, a indagar. Por qué soy curiosa, y este mundo no debe ser mucho más complejo que los que he visitado. Su clave debe andar cerca, y no pienso rendirme hasta alcanzarla. Porque la tempestad nunca acaba con el buen viajero. Porque el silencio nunca enloquece al observador. Porque la soledad no es tan oscura para el alma.